Interior de Alicante

Mirafé, la fábrica que todos conocían y nadie controlaba: 58 años después, la tragedia que cambió la memoria obrera de Ibi

todayagosto 15, 2026

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  • La explosión del 16 de agosto de 1968 no fue solo un accidente: destapó una industria clandestina, trabajo infantil, falta de seguridad y una cadena de controles que nunca llegó a funcionar
  • Hay tragedias que desaparecen de los medios de comunicación con el paso de los años, pero no de la memoria de quienes las vivieron. En Ibi, el nombre de Mirafé sigue ligado a una de las noches más dolorosas de su historia. El 16 de agosto de 1968, una explosión arrasó la llamada «fábrica de la pólvora» en la partida de La Pileta y convirtió en cuestión de segundos el sueño industrial de una generación en una tragedia colectiva.

    Eran aproximadamente las 20:30 horas cuando la detonación sacudió el municipio. Los cristales se rompieron, las persianas metálicas se levantaron y buena parte de la población quedó momentáneamente a oscuras. A poco más de dos kilómetros del casco urbano, los primeros vecinos que llegaron a La Pileta encontraron varias construcciones destruidas por el fuego y restos humanos esparcidos hasta unos 200 metros.

    Durante las horas siguientes, la Iglesia se convirtió en un tanatorio improvisado. Los heridos fueron trasladados al Hospital Oliver de Alcoi. El balance que aparece de forma reiterada en las investigaciones históricas es de 33 personas fallecidas y decenas de heridos, aunque documentación municipal y actos conmemorativos posteriores han utilizado también la cifra de 34 víctimas mortales.

    Pero detrás de la cifra había una historia mucho más incómoda.

    Imagen: Lugar donde se encontraba la empresa Mirafé

    Una fábrica que llevaba años funcionando al margen

    Mirafé había nacido informalmente en 1960. Tres años después consiguió una autorización provisional de la Subdelegación de Industria de Alicante, pero aquella licencia caducó sin que fuera renovada. Pese a ello, la actividad continuó y la empresa siguió aumentando su producción y su plantilla.

    La documentación incorporada a las nuevas investigaciones de memoria obrera permite reconstruir un escenario todavía más revelador. La empresa fabricaba fulminantes o pistones destinados a las pistolas de juguete y manipulaba materiales potencialmente peligrosos en instalaciones precarias. En el momento de la explosión, además, se estaba levantando una nueva nave sin la correspondiente autorización.

    La contradicción resulta especialmente significativa: mientras algunos documentos posteriores calificaron la actividad como autorizada, otros testimonios y expedientes apuntaban a una industria que llevaba años funcionando sin los controles adecuados. El propio informe de la Guardia Civil citado en la documentación histórica llegó a afirmar que la industria estaba «debidamente autorizada», al tiempo que reconocía que no existía control sobre los pistones fabricados. La Dirección General de Industria solo abordó formalmente su peligrosidad después de la tragedia.

    De ahí que una de las conclusiones más inquietantes que deja hoy la documentación sea también la más sencilla: Mirafé era una fábrica conocida, pero nadie asumió realmente su control.

    Sesenta trabajadores, nueve menores

    En aquella fábrica trabajaban unas 60 personas. La composición de la plantilla refleja hasta qué punto la tragedia golpeó a los sectores más vulnerables de la población trabajadora.

    Según la documentación recopilada en las investigaciones sobre el accidente, había 31 mujeres, 20 hombres y nueve menores de 14 años. Solo ocho trabajadores estaban asegurados, mientras que el resto desarrollaba su actividad en condiciones laborales extremadamente precarias. Las jornadas podían alcanzar las diez o doce horas y no existían las medidas de seguridad que exigía una actividad de aquella peligrosidad.

    Muchos de los trabajadores eran además inmigrantes procedentes de otras zonas de España. La investigación señala que entre las víctimas había personas llegadas principalmente de pequeños municipios de Granada, Ciudad Real y Almería.

    Para algunos, aquella fábrica apenas había sido una puerta de entrada al nuevo Ibi industrial. Algunos llevaban pocos días trabajando y ni siquiera habían cobrado todavía su primer salario.

    La paradoja es brutal: quienes llegaban a Ibi atraídos por las oportunidades de una industria que crecía a toda velocidad acabaron pagando con su vida el precio de un modelo de desarrollo sin suficientes controles.

    La explosión que rompió la imagen del progreso

    La tragedia llegó en pleno proceso de transformación de Ibi. Durante las décadas anteriores, la localidad había pasado de ser fundamentalmente agrícola a convertirse en uno de los grandes núcleos de la industria juguetera.

    La población crecía rápidamente y miles de personas llegaban desde otras provincias en busca de empleo. Entre 1960 y 1970, el censo prácticamente se duplicó, pasando de 6.129 a 13.916 habitantes.

    Mirafé mostró la otra cara de aquel crecimiento.

    Mientras la industria juguetera proyectaba hacia fuera la imagen de un municipio dinámico y próspero, en las afueras existían pequeños talleres y empresas donde las condiciones laborales podían quedar muy lejos de esa imagen.

    Por eso la explosión no solo destruyó una fábrica. También dejó al descubierto las grietas de un modelo industrial construido demasiado deprisa.

    El duelo de un pueblo entero

    Los funerales se convirtieron en una manifestación de dolor colectivo. La presencia de autoridades provinciales y nacionales no consiguió borrar la indignación que crecía entre vecinos y familiares.

    La pregunta era inevitable: ¿cómo había podido funcionar durante años una instalación que manipulaba productos peligrosos en aquellas condiciones?

    La investigación judicial terminó sin que se produjera una respuesta que satisficiera a quienes esperaban responsabilidades. El sumario 12/1968 del Juzgado de Instrucción de Alcoy se convirtió posteriormente en una de las fuentes fundamentales para reconstruir lo ocurrido. Décadas después, historiadores y especialistas en memoria obrera han vuelto a esos documentos para analizar no solo la explosión, sino también las condiciones que la hicieron posible.

    El silencio también forma parte de la historia

    Durante décadas, Mirafé quedó instalada en una zona incómoda de la memoria local. El recuerdo permaneció principalmente en las familias de las víctimas y entre quienes habían vivido aquella noche, mientras el episodio apenas encontraba espacio en el relato público de la ciudad.

    El primer gran gesto institucional de reconocimiento llegó décadas después.

    En abril de 2017 se inauguró en el Passeig dels Geladors un monumento dedicado a las víctimas. La escultura incorpora los nombres de los fallecidos y fue concebida como un lugar permanente de memoria.

    Un año después, con motivo del 50 aniversario, el Ayuntamiento organizó otro homenaje. La ceremonia tuvo que trasladarse a la Iglesia de la Transfiguración por las condiciones meteorológicas, pero reunió a familiares, representantes municipales y vecinos.

    58 años después

    Este domingo, 16 de agosto de 2026, se cumplirán 58 años de aquella explosión.

    Ya no están muchos de quienes pudieron contar cómo sonó la detonación, cómo llegaron los primeros vecinos a La Pileta o cómo la Iglesia fue llenándose de cadáveres aquella noche. Pero quedan los nombres, los archivos, el monumento y una documentación que permite formular preguntas que durante mucho tiempo apenas tuvieron respuesta.

    Mirafé no pertenece únicamente al pasado de Ibi.

    Es también la historia de quienes llegaron de otras partes de España buscando trabajo; de mujeres y menores incorporados a una industria sin garantías suficientes; de una empresa cuya actividad continuó después de que caducara su autorización; y de un sistema de control que, según la documentación recuperada, fue incapaz de impedir que una instalación peligrosa funcionara durante años.

    Por eso, 58 años después, recordar Mirafé no consiste únicamente en contar cuántas personas murieron.

    Consiste en preguntarse por qué tuvieron que morir para que aquella fábrica dejara de funcionar como hasta entonces.

    Y, sobre todo, en no permitir que sus nombres vuelvan a desaparecer detrás de una cifra.

    Imagen: Monumento a los fallecidos instalado en el Passeig dels Geladors de Ibi 

Escrito por Redacción